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Noticias
Jesús Arze
Saludos.
El presente e-mail, es con motivo de hacer llegar una excelente noticia.
En recientes platicas sostenidas con dos destacados managers de clubs,
conseguí finalmente la oportunidad de realizar eventos de música
electrónica, con opción a conformar el club mas underground de todo
México... uno que si represente el "lado oscuro" del movimiento nacional.
Estoy hablando de la casa club PARA TODOS, un lugar base, en Zona Rosa, muy
céntrico (Cerca del Ángel) y de fácil acceso, que seria el foro para
exponer en noche de Viernes y/o Sábado el talento de la escena rave.
Imaginemos este proyecto como El palacio de Bellas Artes o El Auditorio de
la música electrónica underground en la ciudad de México.
Como siempre, aquí estoy haciendo la formal invitación para organizar el
proyecto, conocer opiniones e INICIAR ACCIONES.
Últimamente, y cada vez con mayor frecuencia escucho que no hay opciones,
que la escena esta mal, que se esta muriendo el movimiento, que los espacios
están cerrados... etc, etc, etc.
También existen personas que han pronunciado la frase: Si yo pudiera hacer
algo lo haría... pues bien... EL MOMENTO ES AHORA,
LA OPORTUNIDAD HA LLEGADO.
Aquí están mis dos números de teléfono y correo electrónico, no mas
palabras, es la hora de demostrar con hechos quienes somos los auténticos
ravers... Quien se suma a este esfuerzo... QUIEN DICE ¡YO!
5 768 4644.............. Casa
044 55 19722260..... Celular
djjesusarze@hotmail.com
Parafraseando a Jhon F Kennedy:
NO PREGUNTEN LO QUE LA ESCENA PUEDE HACER POR USTEDES... PREGUNTEN QUE ES LO
QUE PUEDEN OFRECER PARA HACER GRANDE Y SÓLIDO EL MOVIMIENTO. PUES DE ACTUAR
ASÍ, TODOS CRECEREMOS CON EL.
-------------------------------------------------
D . J . J E S U S A R Z E
-------------------------------------------------
Official Web Site:
http://www.dj-jesusarze.8m.com
-------------------------------------------------
SAYAS RECORDS:
Blankenburger Str. 27a
39118 Magdeburg, Germany
Phone: +49-(0)391-6111116
Fax: +49-(0)391-7279515
http://www.sayas.de
GALILEO ESCRIBE
EN SU CUMPLEAÑOS
Del cuerpo de Galileo solo se conserva un dedo. Pero
todavía hoy, los descendientes de sus técnicas siguen aprendiendo, creciendo
y desarrollándose ya que el dedo de Galileo apunta a la salida de la
ignorancia medieval y aun posmoderna, por lo que Galileo sigue metiendo su
dedo en el betún de todos los pasteles científicos de nuestro tiempo.
¡Feliz Cumpleaños, Galileo!
Hola, soy el dedo de Galileo. (1564-1643)
Ustedes perdonarán la pobreza de elegancia en la redacción de esta carta,
acostumbrados como los tenía a mi prosa casi poética, pero, ¿qué esperaban
con un sólo dedo?
El dedo medio de mi mano derecha, seccionado de mi cuerpo por un anticuario
llamado Anton Francesco Gori el 12 de marzo de 1737 cuando se trasladaban
mis restos desde la capilla de San Cosme a la iglesia de Santa Croce, en
Florencia, actualmente se expone en el Museo de Storia della Ciencia. El
vaso en que se conserva mi dedo tiene una base cilíndrica de alabastro con
la siguiente inscripción.
No desprecies los restos de este dedo, mediante el cual una mano derecha
medía senderos en los cielos, revelaba a los mortales cuerpos celestes nunca
vistos y, al preparar un pequeño trozo de frágil vidrio, fue el primero en
atreverse a realizar un acto que mucho tiempo atrás estaba incluso fuera del
poder de los jóvenes Titanes, que crearon altas montañas en un vano intento
por ascender a ciudades elevadas.
Mi historia
No lo puedo creer. Este 15 de febrero de 2005 se cumplieron ya 441 años de
mi nacimiento. Fui de familia florentina e hijo de un hombre de rara mixtura
de músico, bohemio y comerciante de telas, que se ocupaba más tratando de
crear un nuevo estilo de música vanguardista que de los deberes del hogar.
Desde muy pequeño, mi padre colocó en mis manos un laúd que me enseñó a
tocar para que lo acompañara en la ejecución de sus canciones, que por
cierto eran muy solicitadas, conocidas y reconocidas tanto por el vulgo,
como por la nobleza de entonces. Cosa curiosa: Entre más mi padre me
enseñaba las artes musicales, más mi interés por las matemáticas crecía.
Mi papá era culto y deseaba que yo también lo fuera; Me enseñó latín y
griego y considerando que debía de perfeccionar estas lenguas, me llevó con
unos monjes a un monasterio. Se llamaba la abadía de Vallenbrosa y estaba
ubicada en medio de un hermoso valle —por eso se llamaba así— rodeado de
montañas con perfumados pinos y el encanto de las aves. Al principio yo no
quería ir, pero papá era realmente voluntarioso.
Fui muy bien recibido por estos amables monjes Jesuitas que aunque serios
algunos, encantadores eran otros. Uno de ellos era un magnífico matemático
que me enseñó la geometría de tal manera que me cautivó dejándome marcado
para toda mi vida; Aprendí que el Universo tiene un lenguaje y que ese
lenguaje eran las matemáticas.
Aunque era muy joven, decidí que mi futuro era hacerme monje; Estaba rodeado
de la belleza del medio ambiente, recibía la calidez del trato de mis
maestros, comida, abrigo y ¡tiempo para estudiar! La combinación perfecta.
Si no eras multimillonario, quiénes podían incursionar en las ciencias eran
los militares y los clérigos. De modo que le escribí a papá para expresarle
mi deseo de tomar la carrera de monje. En mi carta también le decía que me
había dado una pequeña infección en los ojos, cosa que nunca hubiera hecho.
Mi padre se apersonó en la abadía, encolerizado.
—¡Mi bambino está enfermo de los ojos!— les gritó papá a los
asombrados monjes y al tiempo que los tachaba de irresponsables, me sacaba
de las instalaciones del monasterio, diciéndome:
—Mijito, tú no naciste para cura. Serás médico, pero también músico y
culto como tu padre, nomás eso me faltaba.—
En 1581 asistí a la escuela de medicina, en Pisa, donde me enseñaban
curación, filosofía, fisiología, latín, griego y hebreo. Pisa había sido una
ciudad horrible, pero la habían mejorado bastante. Los Médici, estos
personajes florentinos, cuya familia era paradigma del mecenazgo, habían
convertido a una ciudad pantanosa y maloliente en un vergel, en un verdadero
jardín botánico que llegaría a ser la envidia de las ciudades europeas.
Las clases en la escuela de medicina eran para mí un monumento al
aburrimiento; Contrario a lo que les sucede a la mayoría de los jóvenes, que
abominan las matemáticas, yo era infeliz sin ellas. Mi capacidad de
abstracción era muy alta y mi inteligencia espacial me permitía tomar una
ventaja infinitamente superior sobre mis compañeros y profesores.
Mi actitud, debo reconocer, no me hacía ganar amigos. No era muy simpático,
vamos; Me apodaban merecidamente El Discutidor y estaba claro que no
pasaría a la historia como el más simpático de la cuadra, pero a ver,
díganme: ¿Cuándo han conocido a un virtuoso que no sea chocante? —¿Verdad,
Newton?, quién por cierto nació el día en que morí—. Es más, si un
escultor de entonces hubiese querido hacer un monumento a la aun no
inventada penicilina, me habría tomado de modelo, por aquello de que a todo
le daba la contra.
Sin que mi papá lo supiera, dejé de asistir a las clases de medicina para
colarme a las clases de matemáticas que impartía en aquel entonces
matemático de la corte, Ostilio Ricci. Fui prácticamente disfrazado ya que
Ricci sólo le daba clases a los nobles y pudientes, pero valía la pena ya
que Ostilio Ricci no tenía parangón como maestro.
Impartía la clase casi de manera poética. Declamaba los enunciados de
Arquímedes y se sublimaba explicando las ecuaciones. Ricci me guió de la
geometría pura a las teorías de la perspectiva y las técnicas de la medición
abstracta. Descubrí la utilización de las matemáticas en el campo de la
ingeniería militar, que más tarde me servirían para hacerme rico, ¿se
acuerdan cuando invente aquél compás geométrico militar?
Se me considera como el verdadero fundador del método experimental.
Lo demás es historia, ya lo saben: Además de músico me convertí en físico,
matemático y astrónomo. En 1597 construí un termoscopio, en 1617 inventé el
anteojo binocular, después descubrí en 1583 la ley del isocronismo del
péndulo, indicando su posible aplicación para medir el tiempo. En 1586
construí la balanza hidrostática. En 1610 publiqué las irregularidades de la
superficie lunar, descubrí los satélites de Júpiter y la composición de la
Vía Láctea. En 1615 la Santa Inquisición me condenó y todos mis libros
fueron prohibidos y fui obligado de no divulgar ni enseñar mis teorías,
viviendo mis últimos días en arresto domiciliario. Pero sobre todo, de lo
que me enorgullezco es de qué manera perfeccioné el telescopio.
PASAJES DE MI VIDA QUE ME MARCARON.
Mi experimento de Pisa.
¿Cuál sería mi mayor contribución a la ciencia? La historia tiene la
palabra, pero algo que quiero subrayar es que en mi tiempo reinaban los
conceptos de Aristóteles, portento intelectual que hacía más de mil
ochocientos años había muerto pero que sus seguidores se negaban a enterrar.
Sus discípulos eran más Aristotélicos que el propio Aristóteles, que
reverenciaban su nombre, pero olvidaban su método; Pero como lo expresé en
su momento En lo tocante a la ciencia, la autoridad de un millón no es
superior al humilde razonamiento de una sola persona.
Aristóteles salía al patio de su casa, volteaba al cielo y decía: “He ahí
las estrellas, siempre; La tierra es el centro mismo del Universo”
¿Quién era el macho que iba a contradecirlo?
Alguien se atrevió y yo lo abracé: Copérnico. Este hombre sabio era médico,
matemático, astrónomo, clérigo y el sobrino rico y protegido del obispo
príncipe de Polonia.
Nicolás Copérnico dijo que el maestro Aristóteles, vaca sagrada del
pensamiento universal estaba, en esta ocasión, tirando para el monte y yo,
seducido, le creí.
También me atreví a desmentir al maestro Aristóteles en la cuestión de la
velocidad de los cuerpos: Aristóteles decía que si dos cuerpos de diferente
peso, se dejaban caer de por ejemplo, cincuenta metros, el que pesaba más
caería infinitamente más rápido que el de peso menor. Mi posición contraria
era acompañada de burlonas carcajadas que se oían en toda la ciudad.
Para demostrar que el maestro Aristóteles estaba equivocado subí a la Torre
de Pisa, que medía cincuenta cuatro metros aproximadamente. Escogí la hora
en que maestros y alumnos, enemigos y seguidores debían de pasar frente a la
torre para ir a la universidad, a modo de conseguirme el suficiente público
que fuera testigo de mi grandeza.
La plaza estaba repleta y las apuestas crecían a favor y en contra. Los
aristotélicos me gritaban burlas, ya que se habían congregado mis amigos,
mis enemigos y todos los demás.
Llegué vestido con mis mejores galas. Mi figura imponente sobresalía de los
demás y el aire enmarañaba mis pelirrojos cabellos. Llevaba varias
pelotas, de diferentes pesos y materiales como el plomo, cobre, ébano y
oro. Subí con donaire los casi trescientos escalones de la torre.
Mi experimento, aunque parecía una obviedad del tamaño de la torre misma, a
nadie se le había ocurrido o nadie se había atrevido, pero la torre de Pisa
estaba que ni mandada a hacer para mi ejercicio de prueba, ya que parecía
simbolizar por su chuecura, las imperfecciones humanas y yo estaba
dispuesto a enderezar un pensamiento erróneo respecto a la velocidad de los
cuerpos en caída libre, aun y cuándo en medio estuviera la figura agigantada
y monstruosa de Aristóteles, tótem del pensamiento.
Aparecí en lo alto entre pilares y arcos. Alcé los brazos y saludé a la
multitud, qué me respondió con clamor. Algunos con gritos y enardecidos
abucheos. Es imposible dejar de reconocer que me sentí halagado. Estaba allí
para demostrar a mis enemigos, quién era superior. Perdóname modestia, pero
siento un profundo desprecio por los seres pedestres.
Me preparé con una bola en cada mano. Desde abajo la multitud notó la
diferencia en tamaño de los objetos que mostraban mis manos. Los dos
diferentes objetos cayeron exactamente a la misma velocidad. Mi experimento
probó que las fuerzas que influyen sobre un objeto son independientes del
peso del mismo. ¿Por qué? Me estaba anticipando a lo que habría de descubrir
Isaac Newton décadas más tarde de que la fuerza de la gravedad era
constante. A pesar de sus pesos diferentes, dos objetos caerán (en realidad
los objetos son jalados) al suelo exactamente a la misma velocidad.
Hay quiénes aseguran que esta historia nunca sucedió realmente, pero estoy
convencido que las ilustraciones no tienen que ser ciertas, basta con que
sean ejemplares.
Mis amigos y el telescopio. (1609)
Tuve cantidad de amigos, pero al que le debo mucho es, sin duda, a mi
entrañable compañero Paolo Sarpi, <<mi
maestro y mi padre>>. Este piadoso y
enigmático hombre que era historiador, filósofo, sacerdote, diplomático,
médico descubridor de las válvulas de las venas, las oscilaciones de las
pupilas, la desviación polar de los imanes; Amante de la óptica, de la
química y de la metalurgia, me hizo uno de los más grandes favores que se le
pueden hacer a un amigo: Me dio información.
Sarpi tenía un trabajo privilegiado y fascinante. Era algo así como una
especie de cronista histórico de la iglesia. Tenía acceso a información
clasificada como secreta, esa que cuando se posee se adquiere poder, pero
también cercanía al peligro, tanto así que se sospechaba de él como espía y
le apodaban justamente El Maquiavelo de Venecia. Siempre que yo
iniciaba una plática a mi modo, es decir sarcástica, soez y vulgar, el me
miraba y decía <<Ahí viene la virgen,
hablemos de otra cosa>>
Una vez llegó a la ciudad el fuerte rumor de que un artesano holandés
fabricante de lentes había inventado unas lentes capaces de hacer que las
cosas lejanas se vieran cercanas y que las presentaba en algo así como una
especie de “tubo mágico”. El holandés se llamaba Hans Lippershey. El
artilugio tan novedoso llamó muchísimo la atención de los militares
holandeses y le dicen al rey que tamaño invento no puede ser del dominio
público, de manera que exigen se prohíba que Lippershey lo patente.
Hans le había puesto a su aparatito el nombre de "kijker”, que significa
“Buscador”. Aunque Hans no lo pudo patentar ya que el rey de Holanda lo
consideró arma secreta y prohibió su comercialización, la piratería ya hacia
de las suyas. Pero además, no le puedes callar la boca a un inventor, aunque
un rey se lo pida.
Una copia ranchera ya andaba cerca de mi. Hans Lippershey había
planeado un viaje a Venecia, con el fin de enseñarles a las altas
autoridades su invento. En cuanto me llegó la noticia de la visita del
holandés fui a buscar a mi amigo Paolo Sarpi. Le comenté que tenía que hacer
algo con su poderosa influencia para detener la visita de Lippershey, hasta
que yo encontrara la manera de fabricar mi propio “tubo mágico”. Muy tarde
era ya. ¡Lippershey ya estaba en la ciudad!
—Mira Paolo, le dije: Vamos a ver que tan influyente eres. Lippershey no
debe, entiendes, no debe de entrevistarse con las autoridades de Venecia. No
antes que yo.
—Sarpi, en esos días estaba muy ocupado y preocupado, ya que era objeto del
escrutinio de la Santa Inquisición por estar bajo sospecha de crítica a los
procedimientos de la misma; Al poseer información privilegiada y acceso a
documentos comprometedores que evidenciaban abusos, torturas y asesinatos
por parte de la Inquisición, Sarpi se había indignado atreviéndose a
expresarse en contra de las prácticas de los dominicos que estaban al frente
de la institución.
Por su posición crítica, Sarpi había sido
atacado al llegar a sus oficinas y dejado por muerto después de recibir
varias puñaladas en la oreja, en la sien derecha, en la mandíbula y otras
partes del cuerpo, mismas que Acquapendente, mi médico particular atendió
oportunamente, salvándole la vida.—
Paolo escucha entre
nubes mi petición acerca de retrasar la audiencia de Lippershey, se me queda
viendo y dice:
—Tengo información y
hasta dibujos de ese juguetito. Me llegaron hace como ocho meses, pero se me
había olvidado comentártelo ante tantas preocupaciones que me aquejan.—
Me quedé perplejo y me quise morir. Miren, me acuerdo y me tiembla el dedo.
Le arrebaté a Sarpi las notas y dibujos que me mostraba y corrí a mi taller.
Esa noche no dormí. Ni la siguiente. Me la pasé soplando vidrio. Estaba
emocionadísimo con mis
descubrimientos. Hice muchas, muchas lentes cóncavas y convexas, de
diferentes espesores y tamaños, hasta que por fin un par de ellas me
convenció. Había logrado treinta aumentos. Mi artesano me preparó un tubo de
plomo de cinco centímetros de diámetro y coloqué en él las lentes.
Sarpi me visita en el taller y me dice que tengo como máximo quince días
antes de que Lippershey sea recibido. El
Maquiavelo de Venecia
sabía hacer su trabajo. Quince días era más de lo que mi disciplina,
entusiasmo e inteligencia necesitaban.
Antes que inmediatamente, les mande unas cartas a los principales de la
ciudad invitándoles a ser testigos del más grande invento de los últimos
tiempos. No les desilusioné.
Me esperaba un nutrido grupo de importantes de Venecia. El principal, el dux
Leonardo Donà, jefes militares, magistrados, consejeros y sabios.
Salimos del palacio y nos encaminamos a la Torre de San Marcos, y una vez
allí apunté mi instrumento hacia Padua, a cincuenta y seis kilómetros de
distancia. ¡Wow!
La torre de Santa Giustina se vio de forma brillante. Todos los importantes
personajes que se encontraban en la azotea de la torre parecían chiquillos
queriéndose arrebatar mi tubo mágico.
Después apunté hacia los pueblos más lejanos, a ochenta kilómetros; Apunté
también hacia el mar Adriático y vimos en el horizonte galeras que hubieran
tenido que navegar dos horas a toda vela para poder ser notadas a simple
vista. ¿Se imaginan este invento en manos de despiadados piratas? El jefe
militar veneciano comprendió inmediatamente la importancia de este asombroso
artilugio, que al final se le quedó el nombre de telescopio, a sugerencia de
mi amigo del grupo de Los Linces, Guillermo de la Porta.
En un momento dado, entusiasmados como estaban, ya querían gritar para
preguntarme el precio de mi telescopio. Pero mis planes eran otros. Yo lo
que quería era trabajar en Venecia, lejos del brazo poderoso de la iglesia,
ya que me andaba rascando la espalda la intolerancia.
Mis copernicanas
ideas y mi alzheimer selectivo, —ya que solo recordaba lo que me convenía
cuando me llamaban a cuentas, recomendándome que me retractara de mis ideas
extravagantes — ya me estaban colocando en zona de peligro. De manera que ya
había preparado un paquete para el dux. Le regalé el mejor telescopio que
había fabricado. Lo impresioné y le aventé un discurso
mareador,
que casi me deja con la lengua enyesada, ustedes dirán si no:
Me arrodillé ante el dux y le declaré:
<<Yo
Galileo Galilei, humilde siervo de Vuestra Alteza, que procuro con toda mi
alma cumplir siempre con mi deber y encontrar alguna utilidad que beneficie
a Su Alteza…os traigo ahora este nuevo artificio. Creo que este instrumento
es digno de que lo aceptéis y os regalo, dejando a vuestro juicio si deben
de construirse otros o no. Este es uno de los frutos de la ciencia, ciencia
que durante diecisiete años he dirigido en Padua, esperando poder ofreceros
mayores inventos aún si Dios así lo quiere, y si vos y Dios deseáis que pase
el resto de mi vida a vuestro servicio.>>
¿Qué tal? Antes de
bajar de la azotea ya tenía una propuesta económica de Su Alteza. Me ofreció
mil ochocientas coronas de sueldo anual —Que nadie ganaba entonces—, el
nombramiento de profesor ad vitam
—Vitalicio— y una prima de cuatrocientas coronas (La prima que me dio, no
era su pariente, sino un estímulo económico). Y lo mejor: Protección contra
el Papa. Venecia era prácticamente autónoma. Poseía el imperio naval, con
astilleros capaces de construir con más de cinco mil obreros un barco en una
noche. Ahí me convenía estar, según consejo de mi amigo Paolo Sarpi.
—Lo que Su Alteza disponga es lo mejor para mi, repliqué modestamente al
tiempo que me inclinaba respetuosamente—
Me fui a un oscuro rincón y grité ¡Yes!
Nunca un
regalo me regresó tanto. Si, ya se que algunos me han criticado que jamás le
quise regalar uno de mis aparatitos a Kepler, pero en aquellos tiempos era
muy difícil enviar un paquete tan lejos, y Fedex todavía no existía.
Mi relación con la iglesia
Realmente yo era un devoto de la iglesia y un
creyente sincero. Lo que pasaba es que no podía soportar la orfandad
neuronal de algunos “pichones” que sintiéndose sabios, rebuznaban a la menor
provocación. Desde mis tiempos de estudiante y joven profesor me mostré
rebelde ante la disciplina que se aplicaba en las aulas; Me resistía a usar
la obligatoria toga y hasta componía canciones satíricas acompañado de mi
laúd, muy al estilo de mi padre.
Infinidad de ocasiones fui requerido por
la rectoría de las instituciones donde trabajé para solicitarme que le
bajara al estilo irónico y burlón de mis comentarios en contra de las
autoridades educativas. Recuerden que las autoridades eran clérigos.
Pero debo de reconocer que hasta yo fui comedido frente a la Santa
Inquisición; Yo no le tenía miedo, le tenía más bien, pánico. Ustedes sabrán
ahora que murieron más personas perseguidas por esta organización que por
las dos guerras mundiales juntas. Estamos hablando de miles y miles.
Cuando me llamaron
para ser enjuiciado por afirmar en mis libros que el centro del Universo no
era la Tierra, sino el Sol, no crean ustedes que dije “E pour si move”, y
sin embargo se mueve; Lo pensé, lo pensé. Con el cardenal Bellarmino
El Inquisidor
enfrente no se podían hacer ese tipo de comentarios.
Ipso
Facto hubiese sido condenado y ejecutado.
Además, el recuerdo de la figura de Giordano Bruno me perseguía. Aunque
nunca lo conocí personalmente, si sabía de sus declaraciones y de su
postura; Alguna vez consideré pronunciarme a su favor, pero me contuve. Supe
como Giordano fue tratado cuando lo condenaron. Él también era un ferviente
creyente de las teorías de Copérnico, pero tenía más que nada una concepción
radical y mística del Universo. Bruno más que certeza científica tenía una
percepción espiritual que parecía que rayaba en la locura; Pienso ahora que
era una especie de esquizofrenia mística. Tenía frases y conceptos tan
revolucionarios sobre el cosmos que aún en el futuro sorprenderían.
Hay que entender que el Vaticano controlaba la ciencia, las artes, la
política y la música. No era poco. Además, la iglesia estaba sumamente
sensible por la reciente reforma protestante. Cualquier cosa, animal,
hombre, mujer, concepto, suspiro, teoría, idea, que emitiera un sonido
diferente a la tradición de la iglesia, era inmediatamente rechazado y en su
caso, perseguido y aplastado. Y Giordano Bruno era candidato plurinominal a
eso. Lean si no:
"Dios es omnipotente y perfecto y el universo
es infinito, si Dios lo conoce todo entonces es capaz de pensar en todo,
incluido lo que yo pienso, Debido a que Dios es perfecto y conoce todo, debe
crear lo que yo pienso. Yo puedo imaginar un infinito número de mundos
parecidos a la tierra, con un jardín del edén en cada uno. En todos esos
jardines la mitad de los Adanes y Evas no comerán del fruto del conocimiento
y la otra mitad lo hará, de esta manera un infinito número de mundos caerá
en desgracia y habrá un infinito número de crucifixiones. De aquí puede
haber un único Jesús que irá de mundo en mundo o un infinito numero de
Jesuses. Si hay un solo Jesús, la visita a un número infinito de mundos
tomara una infinita cantidad de tiempo, de este modo debe haber un infinito
número de Jesuses creados por Dios".
Es decir, si Dios
era infinito, poderoso y creativo no podía dejar de crear mundos iguales a
éste. Había millones de mundos habitados, según Bruno.
Ya comprenderán que el Cardenal Bellarmino
El Inquisidor,
al terminar de leer lo anterior, inmediatamente empezó a convulsionar y a
punto de una parálisis facial, manda encarcelar a Bruno en el castillo de
Sant Angelo en Roma, donde encadenado, fue sometido a una amplia variedad y
estilos de tortura, prefigura de lo que sería el manual práctico de la
policía mexicana en su más oscurantista periodo.
¿Se imaginan
cómo me encontraba yo con estas noticias?
—Galileo, me decían ¿No vas a poyar a
Bruno? Este…
Se comentaba en los
pasillos y en los baños que Sarpi, junto con Giordano Bruno y otros sabios
habían tenido reuniones secretas dónde se dedicaban a hablar de
temas prohibidos
como las teorías de Copérnico, y a criticar a la iglesia. ¡En la torre! Y yo
tan cerca de Sarpi. Qué miedo.
Cuando Bruno
fue condenado, exclamó frente al Cardenal Bellarmino: “No podría retractarme
ni lo haré. No hay nada de lo que tenga que retractarme, ni se de qué
debería hacerlo” y agregó “Es más grande vuestro miedo a pronunciar mi
sentencia que el mío a oírla”
Una fresca mañana, un 19 de febrero de
1600, cuatro días después de mi cumpleaños, Bruno fue sacado del castillo
para ser llevado a la prisión secular situada a la otra orilla del Tíber.
Frailes encapuchados, pertenecientes al grupo conocido como
La Compañía de la Misericordia y de la Piedad,
llevarían a Bruno al Campo dei Fiore. Le habían colocado un clavo en la
lengua que atravesaba su garganta para que ya no pudiese expresar sus
herejías. Durante el trayecto los encapuchados le instaban a arrepentirse,
mostrándole imágenes de la virgen, de Cristo y del mismo Papa.
Pero Bruno
parecía que no era de este mundo, sino de uno de los que su imaginación
concebía. Era inflexible y mostraba un coraje, determinación y valentía que
sus opresores no sabían de estaba hecho. Asumían que era el mismo poder del
demonio lo que le daba la fuerza para no vencerse.
Ocho años habían mantenido a este monje
dominico en prisión con la esperanza de que se arrepintiera. Era la
vergüenza de la orden.
Bruno creía fervientemente en la infinitud del
cosmos, y que la Tierra se movía alrededor del Sol. Fue fiel a sus
brillantes, místicas y alocadas (?) convicciones.
Ya que la Inquisición
era piadosa,
el condenado tenía que morir con la mayor misericordia posible y sin
derramamiento de sangre, por eso era que los condenados eran consumidos en
la hoguera, eso sí, acompañado de fervientes plegarias por parte de los
encapuchados.
Piensen ustedes que no me quedaban muchos ánimos de hacerme el héroe.
Realmente la Inquisición nunca me maltrató físicamente, gracias a que, estoy
seguro, muchos jerarcas de la iglesia me respetaban y me admiraban. También
mi influencia era muy grande. Yo tenía amigos venecianos y toscanos muy
poderosos, entre ellos el grupo de Los Linces. Además, mi popularidad de
sabio me protegía de alguna manera. Sin embargo, déjenme que les platique
que en una ocasión, Bellarmino me invitó a un
paseíto
por las instalaciones de tortura de la Santa Inquisición.
Como si estuviéramos en una moderna tienda departamental, escuchando cantos
gregorianos de fondo, fuimos recorriendo uno a uno los aparatitos, al tiempo
que recibía una breve pero sustanciosa explicación del funcionamiento de los
juguetitos preferidos del Cardenal. Con eso tuve.
¿En que estaba yo pensando cuando dije que el
Sol era el centro del Universo y no la Tierra?
Mi familia
No me casé
nunca, pero tuve tres hijos. Dos niñas y un niño. Tenía yo muy poca
tendencia al deseo de formar un hogar tradicional. Cuando murió mi padre
tuve que tomar la figura patriarcal de la familia; Mis hermanas menores se
casaron y ¿quién cree que debía de aportar la dote? ¡Claro que yo! Viví
siempre tensionado y prácticamente huyendo de mis cuñados que se la pasaban
en los tribunales demandándome la exigencia del pago correspondiente.
Viví muchos años pidiendo prestado aquí y allá; Solicité adelantos por
trabajos que los ricos me pedían y mis honorarios de clases particulares se
desaparecían en los bolsillos de mis queridos hermanos políticos. Además, mi
hermano menor era vago, extravagante, fatuo, y por si fuera poco,
desobligado. Mi hermanito había llegado a adquirir la asombrosa habilidad de
conseguir que le prestara dinero con el fin de iniciar un jugoso negocio,
que ahora si,
lo sacaría de pobre.
Ahora entienden que cuando me llegó la edad de merecer, estaba muy escamado
en esta cuestión del matrimonio. Por lo tanto, lo pensé mejor y me busqué
una agraciada dama, cariñosa y amable, que si bien su reputación en la
acartonada sociedad de mi tiempo no era la mejor, me garantizaba una sana
distancia y una libertad que yo sabría corresponder.
A mis hijas, cuando crecieron, pude gracias a los contactos que tenía con
los poderosos, conseguir que las admitieran en un convento para que tomaran
los hábitos y los votos de castidad como religiosas y que así se
comprometieran en matrimonio con el Señor. Me quería asegurar que nadie me
pidiese dote alguna. Bastante tuve que sufrir con las dotes de mis hermanas.
Mucho se me ha criticado la relación fría y distante con mis hijas, pero las
quise a mi modo. ¿A ver, alguno de ustedes sí sabe querer?
Pendientes en el tintero
He escuchado
decir que mi nombre ya se puede pronunciar en voz alta; Que la iglesia
públicamente me ha pedido perdón, aunque algunos no creían necesario que el
Papa de turno se expresara en ese sentido, ya que no fui quemado en la
hoguera, ni lastimado en tortura. No sé que pensará de esto, cuando le
cuente, Giordano Bruno.
Aunque no haya yo pronunciado “Y sin
embargo se mueve”, no importa que así fuera: la voz del género humano, al
pronunciarla por mí, me vengará eternamente de mis perseguidores.
Bien, me despido. Esta carta se ha alargado demasiado y mi dedo ha comenzado
a protestar. Quedan en el tintero varios temas para la próxima: Mi juicio en
el tribunal de la Inquisición; Mis amigos los Linces; Mis principales libros
científicos; Mis disertaciones teológicas sobre algunos pasajes bíblicos; La
obra de teatro donde explico la postura tolemaica y la copernicana, y que a
raíz de este escrito el Papa Urbano VIII, es convencido por sus asesores de
qué él es el personaje de Simplicio, el tontuelo de mi cuento. Una maravilla
que no puedo dejar de contar. —Además, les platicaré del poema que el Papa
Urbano me escribió, Oh, my God—
Arrivederci
Galileo Galilei
Bibliografía
-
Atkins, Peters, El Dedo de Galileo,
Espasa Calpe, Madrid-España, 2003
-
Cuadrado, Sara, Galileo, Edimat
Libros, Madrid-España, 1998
-
Reston, James, Galileo, El Genio y el
Hombre, Ediciones BSA, Barcelona-España, 1994
-
The
Galileo Project
http://galileo.rice.edu/
-
Viniegra, Fermín, Una Mecánica sin
talachas, Fondo de Cultura Económica, 1986
-
http://eureka.ya.com/geoquimica/inventos/galileogalilei.html
La sonda Galileo partió hacia Júpiter en 1989, con siete años de retraso y a
un costo de 1400 millones de dólares, dependiendo de las benignas leyes
físicas. Primero hacia el Sol, luego hacia Júpiter. Durante los tres años
siguientes dio dos vueltas alrededor de Venus y el 8 de diciembre de 1992
tenía que pasar por última vez por nuestra luna y nuestro planeta y
dirigirse al fin directamente hacia Júpiter.
Cortesía de
Sociedad Astronómica del Planetario Alfa
Monterrey, Nuevo León México
http://www.planetarioalfa.org.mx/
www.astronomos.org
Otros artículos del perplejo:
http://www.astronomos.org/articulistas/elperplejo/general.htm

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